
Hoy estuve sin ti frente a la mar,
y pude ver tu rostro
asomado al espejo de las aguas,
soñando como siempre
y bordando arabescos con los peces
y algunas caracolas,
y todos los corales te llenaban la cara de sonrisas.
El mar. La mar.
El mar. ¡Solo la mar!,
mimosos coqueteos con el sol,
y había miles de almas
atadas al noray de sus recuerdos,
y todas esperaban
la arribada de nuevas carabelas
para seguir surcando
los mares otra vez,
pues siempre los esquifes
navegan más seguros en parejas.
Hoy era la mar calma
y no soplaba el viento,
acariciaba el agua suavemente
la piel de los delfines
y las olas no iban ni venían
a morir en la arena.
Por eso vi tu rostro
asomado al espejo de las aguas,
y sentí un beso tuyo
hecho de sal y espuma blanquecina
que me anegó de nuevo toda el alma.
Te estaba hablando de tu nieta y es que ayer me tuve que quedar solo con ella un poquito, pues la madre salió un momento algo cansada y molesta, pues la niña siempre encuentra algún motivo para poner de manifiesto su gran capacidad de manipulación. Sabe muy bien lo que molesta a los demás y si quiere conseguir algo, de repente rompe a llorar y no hay manera de entender qué es lo que pide. Tu hija, alterada y cansada, la dejó llorando y se fue a hacer un recado. Y aquí empezó mi batalla particular.
- Alicia, deja de llorar y dime lo que quieres.
Conseguí por fin una tregua y el caso es que no quería más que agua, pero ella erre que erre con ese modo de comportamiento absurdo para nosotros y que a ella no le reporta beneficios especiales. Aquí empezó luego mi conversación con ella. Imagínatelo.
- Alicia, no hay que llorar para pedir las cosas. Las pides y ya basta.
- Sí.
- Entonces ¿ya no vas a llorar así?
- No.
- Mira, que un día se va a enfadar mamá, se va a marchar y no vuelve más.
- No, mamá no macha.
- Que sí, que se enfada, se marcha y desaparece para siempre.
Un momento de meditación como si del día de reflexión se tratara y luego la última sorpresa de esta enana. Me mira, se acerca a mi, apoya la mano izquierda en la meseta de la cocina, levanta la pierna izquierda echándola hacia atrás y extendiendo la mano derecha señalándome con el dedo, explota muy seria.
- Si desapaece mamá, la catigo.
Bueno, pues todo eso, disimulando para que no adivinara mi risa y haciendo un esfuerzo, volví con ella al salón y poco después llegó tu hija y casi no se lo pude contar por lo atenta que estaba ella a todo lo que hablábamos, pues no nos perdía de vista un momento. Hoy te pongo una foto de chulapa, que ya sé que tu la viste el otro día, pero yo no tuve esa suerte y así me desquito un poco, pues el día de San Antonio tampoco estaré aquí, vuelvo a Liérganes una vez más. Muchos besos y todo mi cariño en el recuerdo.
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