- Mira, mami, la tía Sisi y el tío Pedro.
Y tu hija diciéndole que no hablara y mirara cómo bautizaban a Alexandra. Naturalmente que no entendía nada de lo que se estaba cocinando allí y tanto ella como su prima Carlota se interesaban más por mi bastón, (sí, ese de plata que me regalaste un día en uno de esos viajes que hicimos a Mallorca), que por el protagonismo de la reina del día.
Ahora sí. La continuación de la fiesta tuvo lugar en Patorres en un día poco agradable, pues estaba el tiempo peleón y amenazaba lluvia y hacía algo más que fresco. Vamos, que de ese calor mesetario nada de nada y al atardecer se notaba más de la cuenta el fresco que ya viene anunciando la arribada del otoño. Por lo demás ya sabes de sobra cómo son estas fiestas y en las que los que de verdad se divierten son los niños. Y es que casi te diría que deberían asistir en exclusiva los pequeñajos, porque se queda todo el resto en puro protocolo, ya que los demás somos unos participantes que nos conocemos, pero que no mantenemos nada más que una relación de referencia en contados momentos y a veces en ocasiones por demás tristes. Los pequeñajos se lo pasaron... pues qué quieres que te diga, a lo grande, con atracciones de ciudad en ferias y un catering dispuesto a servir a pedir de boca comidas y bebidas. Tu nieta gozó especialmente de la colchoneta de saltos con tobogán y no había manera de sacarla de allí, y eso que en una ocasión me dijo:
- Esos niños son unos buros, buros, buros.
Y cuando quiso alguna ayuda clamaba:
- Que venga la tita.
- Pero ¿qué tita?
- Sí, la de Pedro.
Y allí tienes a Sisi corriendo a atender a tu nietecilla en los caprichos del momento. Fue para ella un día maravilloso que sólo se vio empañado a la hora de volver a casa, ya que no había forma de hacerle entender que ya estaba bien y había que volver a Madrid. Se durmió en el coche, se le cayó el chupete y le quedó la boca abierta, estaba de graciosa... Pero bueno, llegó a casa y pidió la cena y, además, que fueran guisantes. Luego el cansancio pudo al fin con ella y se durmió tan feliz. Y yo otra vez a pensar en ti y en lo satisfecha que hubieras estado contemplando a esta nieta tuya que pregunta alguna vez por qué no vienes del cielo. Besos.
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