Es esa ola siberiana, o yo qué sé, pero que cada año nos azota en este Madrid de nuestros gozos y pesares. Autobuses de la EMT transportando gente desarraigada para protegerla de la crueldad de la intemperie en las calles. ¡Cuánto resiste el hombre, tanto, que parece imposible! Recuerdo mis tiempos de postguerra por los helados campos de Castilla y la Rioja con aquel Moncayo al fondo que nos regalaba un cierzo que parecía cortar como afilado cuchillo. Tu nieta llegó a casa el otro día llorando porque le dolían las manos por el frío. Y es que su madre le pone los guantes, pero como gato con guantes no caza ratones, pues se los quita y así le quedan las manitas como carámbanos y no resiste el dolor. Por eso me recuerda tanto mis tiempos ya idos en los que el frío era mi mayor tormento. Ahora ya no sufro ese frío, un buen abrigo me ampara y me defiende de sus ataques, pero está el frío del alma, ese que hace que te sientas como un barco apresado entre los hielos del Ártico, bueno, no sé cómo expresarlo aunque creo que tu desde ahí lo tienes todo mucho más claro y me comprenderás perfectamente. Aquí sigo y descubro nuevas cosas cada día y voy de sorpresa en sorpresa, pues sin darme cuenta dejo a un lado muchísimas cosas que antes despertaban mi interés. Sólo ansío que me quieran y me encuentro cada día más y más deseoso del amor, que es lo más bonito que me ha pasado en la vida y que no cambiaría por nada. Estoy seguro de que el amor es lo único que me mantiene y me alienta y da calor a mi corazón asediado por el frío como ese barco entre los hielos del Ártico. ¿Sabes? Me cuesta mucho leer, me canso enseguida como si se me empañara la vista. Hace muchos años, allá en el Puerto Pajares, adosada a la ladera de las Ubiñas, existía una ermita dedicada a Santa Lucía y allí me llevó mi madre a decirle que cuidara la vista de aquel crío de 10 años que yo era entonces. Bueno, mi vista se defendió muy bien hasta hace muy poco, tu lo sabes, pero ahora ya no resiste las largas lecturas de otrora porque los años van pasando para todos.
Tengo a mi favor la alegría de la vida de mi nieta, pues con sólo verla sonriente e inquieta como una lagartija, me compensa del placer de la lectura con creces. Ahora aprendió a saltar y se sube al arca que hay a la entrada y me dice:
- Abu, mira lo que hago.
Y se lanza al suelo desde allí, que a mi me pone los pelos de punta, pues me entra un miedo atroz por el temor de que caiga en mala posición y sufra algún percance. Y aún a veces lo intenta como el más difícil todavía, ya que el otro día intentó subirse a un endeble travesaño donde se apoyan los brazos, y menos mal que estaba allí y le pude explicar el peligro que allí tenía si hacía ese volatín y, sí, me hizo caso y no lo volvió a intentar. Otro de los días andaba con sus bailes y giros de vértigo cantando no sé qué de los pingüines y le pregunté qué era todo aquello que cantaba.
- Es la canción de los pingüines.
- ¿Y en qué hablas?
- Es que es alemán y tu no sabes.
- ¿La cantáis en el colegio?
- Sí, nos la enseña Jenny.
Todo el día es un interminable periplo que comienza en cuanto se despierta y ya no para hasta que se acuesta. Ahora duerme sin su querido chupetín, pero el otro día se quedó sola con Mioara y cuando la acostó a dormir la siesta debió de pensar: esta es la mía. La llamó y le dijo:
- Mioara, no tengo chupetín, se perdió, ¿me lo buscas?
Menos mal que estaba avisada y le dijo que no sabía dónde estaba y que no lo había encontrado y todas esas cosas tan falsas que siempre decimos a los chiquitines. Mioara le dijo ayer que qué era lo que cantaba, que si sabía alemán. Muy decidida le contestó con rotundidad.
-¿Tu qué crees?
Me marea, no me deja marchar y dice que me quede allí a vivir y me cuesta irme por no verla llorar cuando retorno a mi casa, pero ya consigo poco a poco que se conforme con las tonterías que le cuento de manera reiterada. Hoy mismo le dije:
- Dame un beso, que me voy.
- No tengo más que dos.
- Bueno, pues dame uno.
Me lo dio, pero enseguida me gritó:
- Ya no tengo más besos, se me acabaron.
Su madre le pidió besos el otro día y la contestación es para enmarcar.
- No puedo, hasta mañana no tengo más besos.
Pues ya te puedes imaginar que ella es la que consigue atenuar ese frío polar del alma y sacar el barco de mi vida a flote, es mi remolcador y no sé negarle nada de lo que me pide, y si no me lo pide tampoco estoy contento porque quiero sentirla siempre muy cerca de mi corazón para que no se me hiele en el invierno del alma. Aunque soy del invierno por nacimiento, no me gusta nada, tu ya lo sabes bien, a pesar de los buenos abrigos, pero sólo son para el cuerpo y no abrigan el alma. El alma lo abriga únicamente Dios y ahí estás tu ahora bien protegida de las tempestades. Te quiero, y si tardo en escribirte, es el frío del invierno, pero no te olvido nunca. Besos a montones.
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